viernes, 7 de septiembre de 2007

Una fiesta en el país de flores de lavanda

dedicado a Isabela Asaro

El día que cumplí siete años, mis papás y mis tíos se habían reunido para festejar. Estábamos sentados en el pasto alrededor de un mantel de flores y todos se reían. Mi hermanito Ulises, que tenía entonces cuatro años, ya se había quedado dormido y yo estaba más aburrida que una ostra. Mi mano jugaba con una cuchara en una cazuelita de cerámica que había hecho mi mamá. Ellos hablaban de cosas que no entendía todavía y mi deseo era que hubiera otros niños allí, pero no había. En un momento mi papá me dijo que con la trompa que tenía parecía un elefante. Una vez había visto un elefante en el zoológico y me había parecido hermoso, pero no me gustaba que me dijera que yo parecía un elefante. En ese momento sentí algo que me sobresaltó:

-¡Ay! –grité –¡me están picando las hormigas!

Nadie prestó atención a mis palabras y por eso mi trompa crecía más y más. Miré a las hormigas que caminaban en filas. “Qué ordenadas que son”, pensé. Y tomé una que caminaba por la mitad de la línea de insectos. La guardé entre mis dos dedos un momento y esperé a que nadie me mirara. Luego me la comí.

Un torbellino de formas multicolores giró a mi alrededor. Todo mi cuerpo tembló desde adentro hacia afuera. Cuando miré las palmas de mis manos me di cuenta de que ya no eran manos como las de todos los niños sino que parecían las patas de mi perra Pinki. Pero tampoco eran las patas de mi perra, ¡eran las patas de un oso hormiguero! ¡Me había convertido en una osa hormiguera! Nunca me había pasado algo más divertido en mi toda vida.

Mi trompa de elefante había sufrido una ligera modificación. Ahora sentía los olores del pasto profundamente. Pronto pensé en alimentarme de algunas hormigas más. Pero cuando intenté hacerlo, una de ellas, la más grande, se acercó hasta mi hocico y me dijo con mucha elegancia, pero a la vez con enojo:

-¿Te gustaría que yo me comiera a tus papás y a tus tíos?

En seguida me arrodillé ante ella y le imploré:

-No, por favor, no te los comas, te prometo que yo no voy a comer más hormigas.

El insecto me miró con desconfianza y luego me hizo un gesto con su pata índice mientras se alejaba para unirse con sus compañeras.

Mi familia continuaba sus conversaciones y no prestó atención a mi transformación. Entonces aproveché a escabullirme hacia la huerta del fondo. Me escondí entre las verduras y los tomates de mamá. Allí no podrían verme, de otra manera, ¿Qué iba a decirles?! ¡¿qué ya no era una niña sino una osa hormiguera?! ¡no! ¡les parecería muy extraño! ¡no me creerían!

En la huerta las verduras emanaban sus olores frescos y placenteros. Me acosté como pude –con mi nueva forma- para admirar las estrellas del cielo. Estuve un rato tratando de descifrar las constelaciones cuando de pronto comenzó a caer una estrella fugaz. Se parecía mucho a otras que ya había visto pero ésta no era tan fugaz como las demás, sino que duró el tiempo suficiente como para llegar hasta mí y levantarme en el aire sin que yo pudiera resistirme.

Volamos por el espacio durante horas sin decir una palabra cuando de pronto detuvo su velocidad y me miró a los ojos:

-Hola Isabella! Hoy te ha tocado una buena estrella y me “pidieron” que te llevara a pasear.

Yo no salía de mi asombro: una estrella fugaz hablándome!

-Y “quienes” te pidieron? –le pregunté aún desconcertada.

-¡¿Cómo quiénes?! Tus ángeles. ¿Acaso hoy no es tu cumpleaños?

-Sí, bueno, pero...

De pronto descendimos en un planeta lleno de flores de lavanda.

-Este es el País de Flores de Lavanda. Lo elegimos cuidadosamente para festejar tu cumpleaños, espero que... –de repente se detuvo y luego me dijo- Mira, ahí vienen tus ángeles.

La estrella hablaba con tanta naturalidad que yo no podía hacer otra cosa que prestarle atención y seguir sus indicaciones. Todo me parecía muy extraño pero de a poco me iba acostumbrando.

Un gato con manchitas y dos alas en la espalda se acercó para saludarme:

-¡Isabela!, te estábamos esperando.

El gato habló, pero yo nunca había oído hablar a mis gatos. Picuco, Naima, Omara y la Negrita me acompañaban siempre en mis juegos, pero nunca me habían hablado así. Pensé que quizá yo había imaginado sus palabras entonces le pregunté:

-¿Cuál es tu nombre?

El gato extendió sus dos garras y abrazó mi cuerpo de osa hormiguera.

-Mucho gusto, soy Tirica

Mi asombro no fue tan grande porque me respondió sino porque recordé que yo ya no era una niña y eso era verdaderamente extraño. Sin embargo, todo parecía maravilloso a mi alrededor. Recordé que hacía sólo un momento había sentido un gran aburrimiento y ahora todo era divertido. Miré a lo lejos y vi que llegaban hasta nosotros los demás invitados, cada uno de los cuales llevaba dos alas en la espalda: una viborita de color verde brillante, un zorro de cola roja, un pájaro de enormes alas, un caballo salvaje y ¡hasta un elefante enano!

-¡No es un elefante! –dijo Tirica como si leyera mis pensamientos- es un tapir, ¿es que acaso no conoces los animales del mundo?

-La verdad es que no lo conocía –le contesté como pidiéndole disculpas.

-Bueno, no importa –dijo el gato- es mejor que prestes atención porque todo el tiempo puedes aprender algo nuevo- y se puso a bailar como un gato loco.

Todos venían cantando y tocaban tambores y flautas de distintos tamaños. Pronto me subieron en el lomo del tapir y me llevaron a pasear. Las dos alas de su lomo me protegían de cualquier caída. Visitamos lugares increíbles en los cuales estoy segura de no haber estado antes. Las flores tenía tamaños asombrosos y crecían delante de nuestros ojos a una gran velocidad. Los pétalos carnosos, verdes y naranjas, se abrían como si nos saludaran. A un costado se elevaban dos sierras de roca de granito violeta y por sus paredes verticales unos monos cantores subían haciendo un espectáculo alucinante. Todos reían y brindaban con un brebaje que sacaban de los frutos de la naturaleza.

Por fin llegamos a la orilla de un lago de aguas termales. De su superficie calma se elevaba un vapor violáceo que desaparecía en el cielo. Los pájaros llegaron en bandadas y se instalaron en semicírculo en los árboles que estaban alrededor nuestro. Eran pájaros comunes con la diferencia de que sus alas eran transparentes. Entre todos comenzaron a cantarme el feliz cumpleaños en un idioma extraño:

-¡Qy luz kulpas triliz! ¡Qy luz kulpas triliz! ¡Qy luz kulpas, Izabyliu, qy luz kulpas triliz!

Entonces llegó un distinguido jaguar vestido de gala con un moño violeta en su cuello. Traía en sus manos una torta enorme con siete velas encendidas como estrellitas de año nuevo. La colocó delante de mí y yo soplé con todas mis fuerzas. Las velitas se apagaban y volvían a encenderse otra vez hasta pasar por los siete colores del arco iris. Cuando ya casi no me quedaba aire se apagaron por fin.

El felino cortó las porciones de torta con una hoja carnosa de banano. Fue la torta más deliciosa que comí en vida. Todos los sabores del mundo se concentraban allí.
Cada uno de mis invitados comió hasta saciarse y fueron cayendo poco a poco en estado de sueño.

Mi estrella fugaz empezó a bostezar y yo la miré con mis ojos abiertos de temor.

-Está bien, vamos –me dijo sin que yo le hubiera expresado nada.

Me subí en una de sus siete puntas y nos elevamos sobre el lago. Desde allí saludé a mis nuevos amigos que se despertaron para lanzarme besos al aire. Todos sonreían.

-¡Puedes volver cuando quieras! -me gritó Tirica y cuando sonrió pude ver que uno de sus dientes era de brillantes y emanaba una luz particular.

Los saludé con mis patas de osa hormiguera mientras nos fuimos alejando. Cuando llegamos al jardín de mi casa mis papás y mis tíos dormían alrededor del mantel de flores. Me senté junto a mi hermanito Ulises que se había despertado por mi llegada. Me miró extrañado y luego sonrió. Mi cuerpo se estaba transformado otra vez en el de una niña.

La siguiente que se despertó fue mi mamá y me miró con amor. Delante de mí había un bolso de luz que me había dejado la estrella fugaz y que contenía los restos de mi torta de cumpleaños. Se la acerqué a mamá que miró sorprendida. Entonces le guiñé un ojo y ella comprendió todo en un instante.

-¡Despierten! –les dijo a los demás –vamos a probar la torta de Isabela, que ya queda poquita y sino se la va a terminar de comer ella sola. –Se río y me guiñó el ojo.

Otra vez me cantaron el feliz cumpleaños en el idioma común y las velitas tenían sólo luz amarilla, pero yo estaba muy contenta ya. Nadie, nunca me iba a quitar el recuerdo de ese cumpleaños en el planeta de flores de lavanda.

4 comentarios:

orillas de la cuentera dijo...

una ternura el vuelo hacia la sensación de hormiga
interesante como llegás...
un país de flores de lavanda hmmmmmmm muchos grandes lo necesitamos
la atención de los niños en esta lectura se ve premiada al provocar sus propios vuelos creativos en ese final donde la sola mirada con la mamá traduce complicidad en la maravilla de la fantasía vivida como real
cariños
mabel

paula varela dijo...

mabel:
gracias por mostrarme tu sensibilidad...

un beso grande!

Merce dijo...

Paula, cuanta ternura en este cuentito !! No podia parar de leerlo. Me gusto !

paula varela dijo...

merce:
qué bueno!
gracias por compartir tus palabras conmigo.

saludos!